

Despierto en mi habitación del Alhambra Palace, uno de mis hoteles favoritos en cualquier parte el mundo, tan deliciosamente kitch que no es difícil sentirse protagonista de una vieja película de espionaje en la época de entreguerras, un decorado de un glorioso exotismo de guardarropía en un entorno de ensueño en el que pasé cinco años inolvidables de mi vida.
Recuerdo vivamente los festivales de música, viendo Giselle por el Ballet de la Ópera de París en los jardines del Generalife como una ensoñación, a Monserrat Caballé en el Palacio de Carlos V o la intimidad de un estreno mundial de Luis de Pablo en el patio de los Arrayanes.
Pero andando por estos pasillos y salones he recordado especialmente aquellas fiestas colegiales, principio iniciático de tantas cosas, y he sentido la necesidad imperiosa de volver a mi antiguo colegio, el Real Colegio Mayor de San Bartolomé y Santiago, el inefable Bartolo.


No sé si eso explicará algo de lo que ha sido mi vida posterior, pero estudiar en un colegio fundado en 1642 ubicado en un palacio del 1555, con mármoles que se decían de Carrara y que han resultado ser de Macael, con una biblioteca repleta de incunables, y que alternaba sus fiestas entre el Cármen de los Mártires y el Palace, algo ha tenido que influir.
Una vez más, como entonces, he creído sentir el aliento del fantasma de Sr. Alonso que vaga perdido por los patios porticados, la capilla, el gabinete de música o la sala de Gasparini.
Y de nuevo, como entonces, sentando en un banco, en nuestro banco de siempre, he sentido la piel erizada sobrecogido en el silencio del claustro ajeno al bullicio de la calle de San Jerónimo.
Lamento decepcionarlas. Podría haberles hablado de la procesión de la tarasca, ese happening absolutamente surrealista donde un maniquí subido sobre un dragón muestra lo que se supone será la moda de los próximos meses.
Hablarles de una ciudad que es capaz, solo un día después, de protagonizar una de las manifestaciones de religiosidad más grandiosas, elegantes y solemnes del orbe cristiano, la procesión del Corpus Christi, tan indescriptible como la otra pero por motivos absolutamente contrarios. O contarles mis peripecias puramente festivas que han sido muchas y muy gratificantes incluyendo algún amanecer memorable en el mirador de San Nicolás.
Otra vez será.
Ya ven, Baglife también tiene su corazoncito.
Addenda: dedicado a Esther, Mar Kiddo, y a cuantas lectoras granaínas pudiera tener este post, y a las que no he podido reconocer entre la masa festiva.
Por cierto, estando en Granada y actualizando como cada día mis podcast en el i pod, incluyendo "el punto Gilton" de Mobuzz TV, escucho: "os dejo con el trailer de la nueva versión de sensación de vivir enviado por nuestra amiga...Mar Kiddo !!!"





